domingo, 8 de junio de 2014



     Empiezo estas líneas sin ningún motivo especial, sólo el simple hecho de soltar de entre mis agarrotados dedos, decrépitos y aburridos párrafos inmasticables fruto de mi mente enferma. Si te aburres lo suficiente, te interesan los delirios de un tocado mental o, simplemente, estás igual de trastornado que yo, te invito a pasearte un rato por mis pensamientos.

     En este blog te mostraré en lo que se convierte mi mente cuando empieza a pensar, sobrepensar, hiperpensar… desvariar, sin ir más lejos: en un hervidero de ideas psicóticas que forman una masa heterogénea de frases carentes de sentido, entre otras con demasiado sentido, quizá. Pero, ¿para qué engañarnos? Todo queda en un ridículo show de pensamientos absurdo, desorientado, aberrante, profundo y efímero a la vez y, en definitiva, doloroso. Porque nunca sabemos hasta qué punto es el cruel mundo el que nos daña y hasta qué punto somos nosotros mismos los que clavamos puñales envenenados entre nuestras vulnerables costillas.

     ¿Es posible que la gran capacidad intelectual del hombre (y de la mujer) pueda llevarlo al punto de dañar su propio sistema mental? No han sido pocos los escritores y filósofos que acabaron con algún bonito trastorno en su mente de genio a lo largo de la historia. ¿Tan débil es aquel órgano/sistema del que tanto nos enorgullecemos los seres humanos? Y es que, como bien dijo mi profesor de neurología un día: el cerebro nunca se entenderá a sí mismo. “Así que seguid intentándolo, ilusos, (nos dicen las consciencias desde arriba), nunca lograréis llegar más allá de lo que os permitimos. Disfrutad de lo que os hemos dado y dejad de preguntar cosas.  Os hemos dejado uno de los regalos más bellos del universo: la incertidumbre, para que juguéis con ella en vuestros ratos libres (si es que tenéis de eso en ese mundo tan raro que habéis creado vosotros mismos)”.

     Y desde la penumbra de mi alcoba, con una bebida cafeínica (adicto) al lado de la pantalla, la luz tenue de mi flexo barato y apuntes universitarios desperdigados sobre mi escritorio, aporreo las teclas de mi mejor amigo electrónico, para ofreceros un trozo masticado, engullido y vomitado de mi cerebro enfermo. Léeme si quieres enfermar también. Yo me limito a advertir: “Sólo para locos”, atreviéndome a añadir a la advertencia: “o para quién desee serlo”.
Con el propósito de dar desasosiego a  mi trastocada mente, que me pide a gritos atención en cada mísero momento del día, me decido a crear este blog, para escupir el flujo de delirios raros que me atragantan cada día. No espero que sea de su agrado, sería pedir demasiado.

Y eso es todo.


Bienvenidos a mi mundo enfermo. 


Ele

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